Viajando en el tren bala (Shinkansen), llegamos a la antigua capital imperial: Kioto. Aquí, Japón despliega su patrimonio más sublime: el Pabellón Dorado (Kinkaku-ji) reflejado en un estanque, el Santuario Fushimi Inari con sus miles de torii rojos serpenteando la montaña, y el barrio de Gion, donde con suerte se puede ver una geiko o maiko (geisha). Los jardines zen de Ryoan-ji, el bosque de bambú de Arashiyama y el Camino del Filósofo bordeado de cerezos son experiencias de serenidad pura.